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Neurociencia: el optimismo del neófito. Juan Arana y Brigitte Falkenburg (el problema de la consciencia IV)

bombilla autoalimentandose


"La evolución del concepto de materia en los dos últimos siglos ha motivado que la mayoría de los entendidos renunciaran a 'naturalizar' la materia, mientras que el despegue de las neurociencias en la segunda mitad del siglo XX ha generado un clima de esperanza en la posibilidad de naturalizar la mente. Lo cual suscita una inocente -pero obligada- pregunta: si se es incapaz de naturalizar algo ¿cómo es posible naturalizar las más complejas estructuras desarrolladas a partir de ese 'algo'? Podríamos estar ante el entusiasmo propio del neófito, pues ya se sabe que los recién llegados tienden a ser ingenuamente optimistas. Como la neurociencia atraviesa todavía su etapa fundacional, los que la cultivan gustan de pensar que, aunque no seamos capaces de dilucidar lo que hay dentro de las piedras, sí somos o seremos capaces de averiguar qué se cuece en el interior del cráneo. Es como si alguien renunciara a desvelar los secretos de los individuos que forman una ciudad, pero se propusiera desentrañar hasta el último misterio de la comunidad que forman. No es una pretensión absurda, pero sí chocante.

Se podría alegar, por ejemplo, que la integración dentro de un colectivo hace que se pierdan muchos detalles por un efecto de compensación, de manera que no es extraño que las masas se comporten con menos sofisticación que cada uno de sus componentes. Podría ser, pero para que eso ocurra tiene que darse un efecto 'simplificador' en el proceso de agregación, el cual genera un 'ruido' termodinámico que diluye las idiosincrasias particulares. Por ejemplo, no hay teoría física que ahora o en un futuro previsible pueda predecir con exactitud el movimiento de un solo átomo, pero si este átomo está inserto en una red cristalina, sus vaivenes oscilarán en torno a una posición media de equilibrio. Exactamente lo mismo ocurre con el resto de átomos que forman la red, de manera que las 'peculiaridades' de cada uno de ellos carecen de importancia cuando consideramos la globalidad que forman. Las porciones macroscópicas del material resultante se comportan de forma cuasideterminista y adquieren propiedades mecánicas, térmicas, eléctricas, etc. invariables. Los neurólogos naturalistas defienden que algo parecido ocurre cuando una colección de átomos se juntan para formar el gelatinoso kilo y medio de material encefálico. 

¿De verdad es así?

En principio, entre un cerebro y una porción equivalente de calcita hay algo en común, y es que en ambos casos tenemos trozos altamente formalizados de materia. Pero también existe una clara diferencia: en el cristal la estructura es simple e igualatoria, mientras que en el encéfalo la estructura es complejísima y no potencia precisamente respuestas homogéneas ni comportamientos sometidos a las leyes de la termodimica, sino todo lo contrario.

Erwin Schrödinger fue uno de los primeros en llamar la atención sobre las consecuencias de esta elemental constatación, y por eso hablaba de la 'entropía negativa' como rasgo definitorio de lo biológico y de 'cristales aperiódicos' como descripción de los más pequeños fragmentos de cualquier material orgánico encargado de alguna función crucial en la economía de la vida. 

En realidad, glosar las complejidades de los vivientes ha sido un lugar común desde los albores de la biología, sobre todo desde que en el siglo XVII, Leeuwenhoek y Swammerdam aplicaron el microscopio a los estudios anatómicos. Todavía lo sigue siendo y parece ser que si el libro de récords Guinnes tuviese un apartado dedicado a lo más complejo de lo complejo, el premio mayor sería para el cerebro. No es una afirmación mía, sino fácilmente localizable en los escritos de los más destacados partidarios de la naturalización de la conciencia, como el premio Nobel Gerald Edelman o los neurofisiólogos Rodolfo Llinás y Elkhonon Golberg.

Si las cosas están así, ¿cómo es posible obviar el inconveniente? Lo más probable es que la dimensión 'complejidad' se considere aquí irrelevante por un razonamiento análogo al del ácido sulfúrico: también esta molécula es más compleja que cada uno de los átomos que la forman, pero eso no importa. Lo decisivo es que, al tener mayor tamaño que el electrón, le afecta menos la indeterminación de posición y momento y, al no subsistir más que a bajos niveles de energía, da igual que desconozcamos lo que ocurre en otros rangos energéticos. Es comprensible lo que se pretende concluir de aquí: el cerebro es claramente un objeto macroscópico, cuya existencia requiere una temperatura próxima a los 37º, de manera que poco tiene que decir al respecto la física de partículas. Destacados científicos y filósofos naturalistas así lo han aseverado. He aquí un texto muy representativo de William H. Calvin:


'Desde luego, la consciencia, en cualquiera de sus variadas connotaciones, no está localizada en el sótano de la química ni en el subsótano de la física. Este intento de pasar de un sólo salto del subsótano de la mecánica cuántica al ático de la consciencia es lo que yo llamo el Sueño del Conserje...'"


Juan Arana
Filósofo de la Ciencia y divulgador español
Catedrático de Filosofía en la Universidad de Sevilla
Extractos de "La conciencia inexplicada", 2015


la conciencia inexplicada




***


"El que afirme el determinismo neuronal y quiera argumentar con la investigación del cerebro la imposibilidad de la libertad humana tiene bastante que hacer. Se encuentra en la tradición del determinismo de Laplace y tiene que enfrentarse lo mismo a la tradición filosófica de Kant y Hume que a la física y al alcance limitado de las explicaciones mecanicistas de la conciencia. El determinista, que concibe la causalidad como estricta legalidad y quiere negar al hombre la libertad, se enfrenta en total a los siguientes problemas:

1. Perspectiva filosófica de la causalidad.

La asunción de un determinismo estrictamente legal, sin fisuras, en la naturaleza no se desprende de nuestra experiencia (Hume). Resulta ciertamente esencial para el conocimiento de la naturaleza, pero solo como una necesidad subjetiva de nuestra razón (Kant). Uno debería considerar mejor la causalidad como una estructura de condiciones necesarias y suficientes (Mill, Mackie) en la que no se habla de determinismo.

2. Perspectiva científica. 

Ni la física ni la investigación del cerebro justifican un determinismo estricto. La física enseña que los procesos deterministas estrictamente legales y los procesos dirigidos temporalmente, irreversibles, nunca se dan en los fenómenos naturales al mismo tiempo, sino de forma alterna. Y la investigación del cerebro solo puede, en tanto que no se refiera a la física, mostrar una red débil de condiciones necesarias, pero no suficientes para la consciencia y las operaciones cognitivas conscientes.

3. Estructura de los mecanismos neuronales. 

Ningún sistema biológico se desarrolla de manera estrictamente determinista. En los organismos operan las leyes de la termodinámica no lineal lejos del equilibrio. Los seres vivos poseen un metabolismo y se desarrollan en procesos irreversibles. ¿Y esto debería ser diferente en el caso del cerebro, que es nuestro órgano más complejo? Aquí el término ‘mecanismo’ es algo engañoso porque ningún mecanismo neuronal funciona de manera estrictamente determinista, ni siquiera una red neural artificial como el ordenador de cálculo en paralelo, que se construye siguiendo el modelo del cerebro.

4. Límites de la explicación mecanicista.

Las neuronas son parte de la red neuronal en el cerebro y componentes causales de la actividad cerebral, pero no hay que confundir la actividad cerebral física con los fenómenos mentales, con nuestros contenidos de la conciencia. Entre cerebro y consciencia no existe una relación del tipo parte-todo. Las neuronas no son componentes de la consciencia, sino del cerebro, y sus descargas son un proceso electroquímico, pero no una actividad causal que explique la conciencia.

5. Modelos y realidad.

En la actualidad no se conoce ningún mecanismo que pueda explicar ni remotamente cómo produce el cerebro nuestra conciencia. La analogía entre el procesamiento de la información en el ordenador y el cerebro no proporciona ninguna explicación, sino tan solo un modelo. Y aun cuando este modelo resulte tan útil actualmente para la investigación del cerebro, podría estar equivocado, es decir, no tener en cuenta la realidad en aspectos esenciales.

Todo esto habla en contra y no a favor de que el comportamiento humano se encuentre estrictamente determinado. Teniendo en cuenta las leyes de la física y la estructura de los mecanismos neuronales, un estricto determinismo resulta altamente especulativo. A su favor se encuentran como mucho las antiguas creencias metafísicas que tienen sus raíces en el pensamiento racionalista en la línea de Laplace. Es heroico aferrarse a ellas, pero ¿hay que hacerlo? ¿Y por qué habría de ser bueno? (¿Por qué? ¿Podría ser por esto?... ¿o quizás por esto otro? :-)). Hay muchas buenas razones para despedirse del determinismo estricto y, en lugar del mismo, reflexionar sobre el grado de libertad que la naturaleza permite al hombre.

¿Qué ocurre entonces con el principio de causalidad?

Si la concepción estrictamente determinista de la causalidad que se asume con gusto resulta insostenible, entonces la afirmación del cierre causal de la naturaleza tiene muy poco sentido... (Véase "Mitología materialista de la Ciencia" de F. J. Soler Gil para un estudio a fondo de este tema). Esto no obliga a abandonar el principio de causalidad y a abrir de par en par la puerta de la irracionalidad. Aquí uno puede seguir a Kant: el principio de causalidad no describe hechos inquebrantables en la naturaleza, sino que se trata de una norma racional para nuestro conocimiento. La ciencia de la naturaleza consiste en una búsqueda sistemática de las causas naturales de los fenómenos utilizando hipótesis de investigación. Es racional buscar en la investigación del cerebro las causas de los procesos y los trastornos cognitivos, para lo cual también sirve la analogía del ordenador, pero podría ser que estas causas no se correspondieran con la concepción convencional de la causalidad y que no se encontraran de un modo completo. Sin embargo, uno no los debería considerar modelos con un alcance ilimitado, como si constituyeran la totalidad de la realidad, ni las ciencias naturales como el único acceso a la misma.

Por tanto, en las ciencias naturales, inclusive la ciencia del cerebro, se sigue considerando que el hombre, como ser biológico, no se encuentra determinado de manera estricta, sino tan solo parcial. Y cómo se relaciona la actividad neuronal en el cerebro con la consciencia y con las decisiones conscientes sigue estando hoy tan poco claro como lo estaba hace más de cien años, cuando Santiago Ramón y Cajal descubrió las células nerviosas y obtuvo por ello el Premio Nobel. Pero con esto se resuelve el viejo dilema entre determinismo y libertad. Sin un estricto determinismo, podemos sustituir tranquilamente el 'o esto o lo otro' sin salida de las opciones entre determinismo y libertad por un 'y'. Estamos en parte determinados y somos en parte libres. Hasta ahora nadie ha afirmado que el hombre disponga de una libertad ilimitada. Nosotros nos encontramos determinados en muchos aspectos: por nuestra dotación genética, por nuestro entorno social y la educación, por las condiciones de vida naturales, y no en último lugar por los mecanismos neuronales en nuestro cerebro, que graban todo lo que aprendemos a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, también disponemos de la consciencia como una instancia planificadora por medio de la cual podemos intervenir activamente en nuestro entorno y que podemos emplear también –según la teoría de la inteligencia emocional– para nuestro trato con nosotros mismos y nuestros sentimientos. 

Las neurociencias y la fenomenología filosófica son, por tanto, dos aproximaciones contrapuestas a la existencia humana que de ningún modo se contradicen, sino que se complementan mutuamente. Son complementarias la una de la otra y las dos tienen su justificación. Las neurociencias contribuyen a reconocer con más extensión que nunca el condicionamiento natural del hombre y la fenomenología busca que el hombre sea consciente de su libertad y que conozca mejor su ámbito de maniobra. Los problemas comienzan a surgir cuando una de las dos disciplinas se declara absoluta y niega a la otra su valor cognoscitivo".


Brigitte Falkenburg
Filósofa de la Ciencia, conferenciante, escritora alemana
Diplomada en física por la Universidad Técnica de Berlín
Experta en filosofía de la Física, es profesora en la Universidad Técnica de Dortmund


(Incisos en gris añadidos)
 

Agradecemos al profesor Manuel Alfonseca que nos hiciera llegar el artículo de B. Falkenburg del que hemos extraído los párrafos anteriores y recomendamos encarecidamente a los lectores que consulten las entradas que él mismo dedicó en su blog a este fascinante tema de la libertad y la consciencia
Pueden hacerlo si lo desean desde aquí y aquí


  ***



Tratemos de explicar todo este embrollo de un modo sencillo:

Los neurocientíficos materialistas, como los biólogos materialistas, están empeñados en demostrar que el ser humano sólo es un "robot húmedo", como diría nuestro querido Pseudópodo :-) En principio, es una deducción "razonable", pues, si ellos mismos han decidido que todo lo que existe es materia, sólo cabe concluir que el ser humano no es más que las piezas que lo componen. Ahora bien, esto significaría que el ser humano no es libre, pues un robot no lo es... Ni tiene consciencia de sí mismo. Pero a los neurocientíficos materialistas no les importa sacrificar el "pequeño" privilegio de la libertad humana a cambio de la gran satisfacción (?) de embutir en el diminuto zapatito del paradigma materialista vigente el enorme pie de la escurridiza e inabarcable realidad. Por esta razón, como la consciencia les molesta, se la quitan de encima proclamando que es simplemente un "residuo" de la actividad neuronal  al que no hay que conceder mayor importancia, y que el cerebro se comporta como "toda" la materia (como la materia que ellos conciben), o sea, de forma determinista. Si el cerebro funciona según leyes deterministas, es decir, si se comporta como una "máquina preprogramada", repetimos, no puede haber libertad, pues todo está de algún modo "prefijado" por las leyes naturales. De modo que todo el sistema penal, por ejemplo, sería un monumental error pues nadie estaría legitimado para pedir responsabilidades a alguien que está "programado" para cometer un delito.

¿Cuál es el otro problema que enfrentan los materialistas? Pues que los físicos sostienen que el universo (y el "robot" humano y todas las "piezas" que lo forman, son también parte del mismo), NO es determinista. ¿Y cuál es la solución de nuestros neurocientíficos para salvar este monumental escollo? Sostener que ese indeterminismo del universo no afecta al funcionamiento del cerebro, pues sólo se aplica, arguyen, al ámbito de lo "micro", de lo muy pequeño (átomos, electrones, etc.), no de lo "macro", lo grande, categoría ésta última en la que entraría nuestro cerebro.

Pero es que resulta, y esto es lo que sostiene el profesor Arana, que lo macro está hecho a partir de lo micro y, si a lo micro le afecta el indeterminismo, es de esperar que a lo macro también.  

Permítanme para terminar una broma zafia y simplona, pero ilustrativa: la sopa de ajo está hecha con ajo (por eso se llama así :-)). Si el ajo (micro) está rancio, esto afectará al sabor de la sopa (macro) y a toda su constitución... Y si no me creen, observen los gestos del pobre comensal al que toque saborearla.

No sé si lo hemos aclarado o no, pero no me negarán que nos hemos esforzado ;-)



Ver también:



El resto de nuestra serie sobre el problema de la consciencia:

Verghese y Falkengburg versus Daniel Dennett. El problema de la consciencia (I)
El "robot" de Daniel Dennett. El problema de la consciencia (II)
El ateísmo al servicio del Capital. El problema de la consciencia (III)


Pueden ver muchos de los títulos publicados hasta el momento sobre consciencia y libertad en nuestra bibliografía.


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