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Bienvenidos :-)


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El "ateísmo" de Alfred Russel Wallace

Alfred Russel Wallace


"Puedo ver cosas admirables en todas las religiones... Pero, sobre si hay Dios y cuál es su carácter; sobre si tenemos un alma inmortal o no, o sobre nuestro estado después de la muerte, no puedo tener miedo a sufrir (un supuesto castigo de ultratumba) por estudiar la naturaleza y buscar la verdad"

Alfred Russel Wallace
Naturalista inglés
Postuló, junto a Darwin, la Teoría de la Evolución
(1823 - 1913)




 "La firma de todas las cosas" (Editorial Suma de Letras, 2013), es el último y esperado libro de Elizabeth Gilbert. Su celebérrimo "Come, reza, ama" me resultó estimulante, en su momento, y prometedor, a pesar del molesto tufillo "Nueva Era" que desprendía en según qué pasajes. Esto y su más que correcto estilo literario fueron razones suficientes para que una lectora compulsiva, sin escrúpulos ni luces, como una servidora, :-) mordiera el anzuelo que la poderosa maquinaria del marketing editorial agitó malévolamente ante su nariz. 
   
"La firma de todas las cosas" nos traslada al siglo XIX, un periodo fascinante, burbujeante de ideas rompedoras que desafiaban todas las ortodoxias. Un tiempo en el que la Revolución Industrial estaba en pleno auge y las viejas estructuras se empezaban a resquebrajar con un crujido liberador, dejando grietas en el tejido de la Historia por donde empezó a entrar una bienhechora ráfaga de aire fresco. El mundo se reinventaba a sí mismo. En este nuevo siglo de las luces, Alma Whittaker, una mujer botánica, fuerte y tenaz, dedica la mayor parte de su vida al estudio de los musgos... Sus aventuras y desventuras arrastran al lector de un lado a otro del globo, recalando a veces en bellos paisajes exóticos que Gilbert describe con indudable maestría. 

Se nos presenta a la señora Whittaker como un ejemplo arquetípico del pensamiento racionalista/cientifista... Casi un cliché. Y se nos promete, al menos en la sinopsis de la contraportada, que toda la obra será una apasionante revisión de estos dos modos antagónicos de entender el mundo, el fisicalista y el idealista, proponiéndonos algo así como la creación de un puente que, aunque algo quebradizo, con un poco de empeño y buena voluntad, podría extenderse entre ambos. En principio, se supone que la intención última de esta obra es la invitación a ese encuentro entre ambas posturas.

Pero, en mi humilde opinión, Gilbert yerra el tiro. Al libro le sobran páginas, le faltan diálogos, le sobran escenas de sexo explícito (esto, lo sabemos por los últimos éxitos editoriales, tiene su público y tanto los escritores como los editores lo tienen muy en cuenta), pero, sobre todo, le sobran musgos, semillas, descripciones, repeticiones, nomenclaturas en latín y datos científicos sobre botánica que a la mayoría de la gente le traen al pairo, por muy atractivo que el tema les resulte a los profesionales de esta disciplina. Sea como fuere, es fácil suponer y valorar el ímprobo esfuerzo que habrá supuesto para la autora recabar toda esa ingente información. Valorado queda.

En un punto de la narración, Gilbert renuncia un instante a su proverbial elegancia para hacer proferir a la protagonista la blasfemia más barroca, sucia e innecesaria que he oído jamás, y he oído muchas (esto encantará a los ateos y disgustará a los creyentes). Mientras, en otros puntos, nos insinúa la existencia de un mundo inasible de "espíritus desencarnados" en términos bastante confusos (esto encantará a los creyentes y disgustará a los ateos). En resumen, el libro no pasa de ser uno de esos productos comerciales concebidos para contentar a unos y otros, pero que, a la postre, sólo consigue incomodar a todos. Son los gajes del oficio y de intentar ser ecuánime a toda costa.

A mí me ha aburrido soberanamente, pero, para gustos, los colores. No permitan que mi opinión les condicione y léanlo.

De todos modos, si tuviera que salvar algo, aparte del indiscutible talento literario de la autora, sería su noble esfuerzo por rescatar del olvido la figura de Alfred Russel Wallace:

Hacia el final de su larga vida, Alma Whittaker se encuentra con este hoy casi desconocido naturalista británico que descubrió la teoría de la Evolución al mismo tiempo que Darwin (de hecho, fue llamada en sus inicios la Teoría de Darwin-Wallace), a quien unía una sincera amistad, hasta tal punto que fue él quien animó al primero a hacer pública su innovadora tesis sobre la evolución. Darwin y Wallace eran buenos amigos, pero, en mi opinión, desde una perspectiva puramente humana, Wallace era un hombre mucho más complejo e interesante que el autor de "El origen de las especies"

Biólogo, geógrafo, antropólogo, botánico, político... Russel Wallace, que al contrario que Darwin, procedía de un hogar humilde, era lo que hoy llamaríamos un "antisistema". Un auténtico revolucionario, iconoclasta, pacifista, activista incansable por los derechos de los obreros y de las mujeres, antimilitarista, creyente a su manera, pero intransigente con los abusos de los poderes eclesiásticos, pionero del movimiento ecologista... Su fervor le llevó a defender a ultranza tanto las causas más justas y razonables como las más rocambolescas, pero siempre impulsado por el mismo anhelo: la búsqueda infatigable del conocimiento y la verdad. 

Era brillante, carismático, audaz y bondadoso, y, por si todo esto fuera poco, además, dicen, era un perfecto caballero inglés :-) Un hombre, en fin, extraordinario, totalmente anulado para la Historia por el peso de la sombra de Charles Darwin.

Y, sin embargo, era Darwin -de carácter más apocado o "sosito", como diríamos aquí  :-))- quien se sentía en cierto modo "anulado" por Wallace. Valga como ejemplo esta anécdota: Wallace y Darwin mantuvieron una fértil relación epistolar durante muchos años. En cierta ocasión, Wallace escribió a su insigne amigo planteándole sus dudas y reflexiones acerca del enorme abismo que existe entre el ser humano y los animales (un abismo evidente que los cientifistas actuales procuran reducir a toda costa, a pesar de la contradicción que implica mantener esa actitud negativista). Darwin, que no había contemplado este "pero", estuvo de acuerdo, admitió que se sintió muy desasosegado debido a este asunto y contestó: 


"Espero que usted no haya asesinado completamente su criatura y la mía"



No me resisto a añdir aquí un inciso:


(Darwin era un acomodado burgués, clasista, misógino y abiertamente racista, convencido de que hay seres humanos "superiores" e "inferiores", que consideraba a los "negros aborígenes" prácticamente en el mismo nivel que los chimpancés, véase su obra "El origen del hombre". Es curioso cómo los neodarwinistas escriben largos prólogos a este libro, preparando hábilmente a los lectores para que no se zambullan en su lectura con la mente virgen, porque, de hacerlo así, saben bien que el libro les repugnaría. Los ateos quitan hierro a estas ideas políticamente incorrectas de Darwin aduciendo que vivió en la Inglaterra victoriana, instándonos a ser "indulgentes" y comprensivos con él, pues, afirman, todos somos hijos del contexto histórico en que nos ha tocado vivir. Estamos de acuerdo, pero recordamos que los actos e ideas de muchos teístas de otros tiempos también pudieron estar -de hecho fue así- contaminados por el espíritu beligerante de su época y, sin embargo, para ellos, nuestros ateos no dejan ni las migajas de las toneladas de indulgencia y comprensión que guardan para Darwin.

Wallace vivió en la misma época que Darwin, y, aun así, a pesar de compartir las mismas coordenadas de tiempo y espacio que él, era, como apuntamos más arriba, un activo defensor de la igualdad entre los seres humanos, del sufragio femenino y del fin de la explotación del hombre por el hombre.

Y fue, repetimos, co-descubridor de la teoría de la Evolución.

Ahora, pregúntese usted, amable lector :-), por qué, si ambos fueron merecedores del mismo honor, el Imperio Británico primero y toda la Europa colonialista después, se rindió a Darwin sin condiciones, entronándolo como a un dios intocable -dignidad que aún hoy mantiene, atrévase a hablar mal de Darwin en público como estoy haciendo yo y prepárese para ser acusado de cualquier cosa, desde "ignorante" a "fanático creacionista"-, mientras esa misma Europa ninguneaba, olvidaba y enterraba a Wallace.

La consecuencia indirecta de este error intencionado fue la ascensión al poder en Alemania, apenas un siglo después, de un iluminado que se creyó a pie juntillas eso de que existen razas designadas por la evolución para esclavizar o exterminar a otras razas, sin consideraciones éticas que matizaran su delirio -daba igual, los "inferiores" son apenas chimpancés, lo ha dicho Darwin-, todo ello apelando a un supuesto derecho natural. Europa saldó su error decimonónico en la siguiente centuria con la II Guerra Mundial, donde, por supuesto y como siempre, murieron millones de inocentes que ni siquiera sabían quién demonios era ese Darwin, racista, clasista, machista y burgués, que -involuntariamente, de acuerdo- había decretado su suerte.

Cierro el inciso y, sí, me he quedado muy a gusto :-)).


Como veníamos diciendo, hacia el final de su vida, Alma Whittaker, la protagonista de "La firma de todas las cosas", que aceptó con entusiasmo la recién publicada teoría de la Evolución, invita a su casa al señor Wallace. Whittaker también se siente desasosegada, pues no comprende cómo la nueva teoría podría explicar el altruismo y la compasión que muchas personas sienten de forma natural hacia los débiles, los enfermos o indefensos. No entiende, explica, cómo una mujer puede, sin premeditación alguna, lanzarse a un río caudaloso para salvar al bebé de una vecina, o a un perro herido, arriesgando su propia vida, como ella misma vio hacer en alguna ocasión. Esto no lo explica la teoría de Darwin y su "lucha por la supervivencia de los más fuertes" y así se lo indica a Wallace, entablándose entre ambos un fecundo diálogo del que extraigo los siguientes párrafos. Comienza hablando Wallace:


"Creo que la evolución explica casi todo acerca de nosotros y, sin duda, creo que explica absolutamente todo sobre el resto del mundo natural. Pero no creo que la evolución por sí misma baste para explicar la excepcional conciencia humana. No existe ninguna necesidad evolutiva, ¿sabe?, para que tengamos esta aguda sensibilidad intelectual y emocional. No existe una necesidad práctica que justifique nuestros cerebros. No necesitamos una mente capaz de jugar al ajedrez, señora Whittaker. No necesitamos una mente capaz de inventar religiones o discutir sobre nuestros orígenes. No necesitamos una mente que nos haga llorar en la ópera. De hecho, no necesitamos la ópera..., ni la ciencia ni el arte. No necesitamos la ética, la moral, la dignidad ni la abnegación. No necesitamos cariño ni amor..., ciertamente no en la medida en que lo sentimos. En cualquier caso, nuestra sensibilidad puede ser un lastre, ya que nos lleva a sufrir una tremenda angustia. Así que no creo que el proceso de la selección natural nos diera estos cerebros..., aunque creo que sí nos dio estos cuerpos y casi todas nuestras facultades. ¿Sabe por qué creo que tenemos estos cerebros extraordinarios?... Le voy a decir por qué tenemos estas mentes y almas tan extraordinarias. Las tenemos porque hay una inteligencia suprema en el universo que desea comunicarse con nosotros. Esta inteligencia suprema desea ser conocida. Nos llama. Nos acerca a su misterio y nos concede estas mentes privilegiadas para que salgamos en su búsqueda. Quiere que la encontremos. Quiere que nos unamos a ella más que ninguna otra cosa..."

Invitamos al lector a consultar "La mente de Dios. La base científica para un mundo racional" del físico Paul Davies y "La teoría de Dios. Universos, campos de punto cero y qué hay detrás de todo esto" del astrofísico Bernard Haisch para un análisis más pormenorizado de esta hipótesis que adelantó Wallace. 

Unos párrafos más adelante, la señora Whittaker pregunta a su invitado qué pensaba su amigo Charles Darwin (a la sazón ya fallecido) cuando él le exponía estas ideas:


"- Oh, no le gustaba en absoluto, señora Whittaker. Se sentía consternado cada vez que yo lo mencionaba. Decía: '¡Maldita sea, Wallace...! ¡No puedo creer que traigas a Dios a esta conversación!'

-¿Y qué respondía usted?

-Intentaba explicarle que no había mencionado la palabra Dios. Era él quien usaba esa palabra. Yo sólo decía que existe una inteligencia suprema en el universo que aspira a unirse a nosotros. Creo en el mundo de los espíritus, señora Whittaker, pero jamás emplearía la palabra Dios en una discusión científica. Al fin y al cabo, yo soy ateo".




Acabo de darme cuenta de que yo también soy "atea". Nunca es tarde para rendirse a este tipo de íntimas revelaciones, ¿no es cierto? Sí, soy atea. 

Soy atea, del mismo modo que lo era Alfred Russel Wallace.
;-)


Vaya para él y en su memoria este humilde homenaje.





Para saber más:


Wallace Online (Inglés)

Wallace en Facebook (Inglés)

En National Geographic. "The man who wasn't Darwin" (El hombre que no era Darwin)


Apenas he podido encontrar nada en español, algo que, a estas alturas, no me sorprende en absoluto, pero pueden seguirle el rastro en este exhaustivo ensayo, del que sólo puedo dejar la reseña:

"Wallace: el explorador de la Evolución" de José Fonfria.

Otro ensayo, más breve, pero completo, en formato pdf.

"La extraordinaria vida de Alfred Russel Wallace"

En el artículo "Cien años sin Wallace. Los libros de Alfred Russel Wallace en España", el biólogo Xavier Belles critica el injusto olvido que se cierne sobre la obra del gran naturalista.



Cada nuevo descubrimiento nos acerca un poco más al Creador

quimica y dios

“Cuando se hace un descubrimiento, el científico creyente siente una cercanía con el Creador al percibir algo que ningún humano sabía antes, pero que Dios conocía desde siempre”

Francis Collins
Médico genetista
Director del National Institutes of Health
Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 2001 por su aportación en el descubrimiento de la secuencia del genoma humano
Autor de "¿Cómo habla Dios? Evidencia científica de la fe"


¿Dios es una invención de nuestra mente?



"Para los neuroteólogos, Dios es una invención del cerebro, puesto que los escáneres revelan que cuando se hace meditación hay ciertas áreas del cerebro que se activan. Seguro que cuando comemos un yogur hay ciertas zonas del cerebro que se activan y no por eso el yogur es un invento de nuestra mente"

Carlos A. Marmelada
Filósofo y escritor español
Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona
Profesor de la Universitat Internacional de Catalunya
Autor de "El dios de los ateos", 2014


Disculpen que me cite a mí misma pero, hace pocos días, antes de conocer este cómico paralelismo que hace Marmelada entre Dios y el yogur, respondí con un argumento parecido a una amiga atea que me contaba muy ufana cómo "la neurociencia está descubriendo que Dios reside sólo (?) en un punto determinado de mi cerebro" (y por extensión, en el cerebro de todos los creyentes, claro), que se activa visiblemente cuando rezo o medito. Le respondí que ella, mi amiga, también está en mi cerebro y que el área cerebral donde ella "reside" seguramente se activa cada vez que pienso en ella, que esa activación será tanto más pronunciada cuanto más tiempo y con más intensidad se prolongue ese pensamiento y que, cabe suponer, observada a través de un escáner, esa parcela de mi materia gris aparecerá exacerbadamente colorida cuando ambas nos enzarzamos en sesudos debates filosóficos como el que manteníamos en ese momento.

¿Significa esto que mi amiga no existe? 
:-) 

¿No será más lógico deducir que mi cerebro responde de la única manera que sabe y puede a un estímulo-realidad que está sucediendo-ubicándose fuera de él, del mismo modo que la hoja responde del único modo que sabe y puede (es decir, agitándose) ante el estímulo real y externo del viento?

¿O, como la hoja se está moviendo, deducimos sin más que el viento no existe? 

Siguiendo con las conclusiones absurdas, pero lógicas si las derivamos de la absurda premisa de los ateos, también cabe interpretar que el sexo tampoco existe, pues es bien conocida la zona del cerebro que se activa durante el coito (que, por cierto, dicen que es la misma que se activa cuando comemos chocolate... personalmente lamentaría profundamente que el chocolate no existiera :-)).

Si me permiten continuar con la broma, creo que si seguimos negándole la existencia a más fenómenos, objetos, funciones y entidades, sólo porque podemos pensar en ellos y reaccionar fisiológicamente en consecuencia; o porque su existencia influye, interactúa y se refleja modificando la realidad de otros fenómenos, objetos y entidades; acabaremos, esta vez sí, flotando en un pobre y desolado vacío, que ni siquiera se podrá permitir el lujo de llamarse "cuántico", puesto que los quantums también tienen su reflejo en el cerebro y, por tanto, -como Dios, mi amiga, el viento, el sexo, el chocolate y el yogur-, tampoco existirían ;-) 

A pesar de todo, debemos recordar que, sobre este controvertido asunto, nada está aún decidido, pues sigue habiendo opiniones para todos los gustos, ya que distintas investigaciones arrojan a veces resultados contradictorios.

Sea como fuere, exista o no ese "punto de la fe", la precipitada conclusión de los ateos de que el hecho de que una parte de nuestro cerebro reacciona cuando pensamos en Dios es una "prueba irrefutable" de su inexistencia, resulta, por decirlo suave y educadamente, cuando menos, cómica. Entre otras razones de más peso argumental porque, con los mismos datos en la mano, los creyentes podríamos concluir exactamente lo contario. Todo es cuestión de perspectiva.


En una entrevista concedida al diario digital El Cultural, el físico Antonio Fernández-Rañada, a quien nuestros lectores conocen bien, fue interpelado acerca de este tema. Cuando el entrevistador le preguntó si Dios podría ser "sólo una compleja conexión de neuronas", el científico contestó algo que, por evidente que resulte, no está de más recordarlo una y otra vez a los filósofos de salón tan inclinados
a olvidar lo que es obvio, por la única razón de serlo:


"Lo importante es saber si está también en otros sitios..."

Pueden leer la entrevista completa aquí.

***

"El error común consiste en plantear la cuestión de la existencia de Dios en términos de “objetivación”, pretendiendo que de la actividad del cerebro pueda derivarse la existencia o inexistencia de Dios como un objeto más entre los demás objetos, externos o internos, del mundo habitual.

Debatir sobre la existencia de Dios como una objetivación externa, no será más fructífero que hacerlo sobre la existencia “ahí afuera” del color que denominamos “rojo” o del sabor que llamamos “salado”, más allá de la actividad productora del sistema nervioso en general y del cerebro en particular.

Trasladar el debate al ámbito de la objetivación interna, considerando a Dios como mero objeto de una creencia, tampoco aportará nada substancial acerca de su inexistencia, pues simples creencias son asimismo lo que entendemos por “libertad” o “justicia”, sin que nadie pueda negar la evidencia de su inmenso poder inspirador y movilizador. 

 
La neurociencia por sí sola únicamente puede explicar la experiencia mística hasta cierto punto, y dentro de una metodología restringida, que necesariamente debe estar abierta a estudios provenientes de otras disciplinas, como la sociología, la teología, la filosofía de la religión, la ética y la psicología.

En definitiva, se trata de abogar por una perspectiva de análisis coherente, amplia e informada, que por su propia riqueza se mantenga a salvo de caer en fáciles y empobrecedores reduccionismos.
Cuando la naturaleza propia del debate se contempla desde la óptica de esta perspectiva multidisciplinar, bien puede decirse que el reduccionismo de corte neurológico no se diferencia en esencia del reduccionismo de corte semántico, y en este sentido Dios estará en nuestro cerebro tanto como en nuestros diccionarios". 


Mario Toboso 
 Doctor en Ciencias Físicas por la Universidad de Salamanca
Es científico Titular en el Instituto de Filosofía (Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas -CSIC-


Así es, que una zona específica del cerebro se active al rezar no evidencia nada en absoluto, ni la existencia ni la inexistencia de Dios. Como apunta el doctor Toboso, en el diccionario aparecen seres reales o imaginarios, el Dios de los creyentes o el famoso unicornio tan citado por los ateos :-)... Todos coincidimos en que sería una derivación descabellada concluir que algo existe o no en función de que los académicos que elaboran el diccionario lo hayan o no incorporado a su lista.
Cambien "diccionario" por "cerebro" y el que lea entienda.


"Pero, ¿quién creó a Dios?". El argumento inductivo de Richard Swinburne expuesto por Antony Flew

big bang

Cuando comentamos a los ateos que todo lo que tiene un comienzo debe tener una causa, un "agente", los ateos suelen contestarnos: "si todo tiene una causa, ¿quién creó a Dios?". Es un buen contraargumento, ¿verdad? :-)
... O quizás no.

Richard Swinburne, Antony Flew y John Leslie responden en este post.


"(Richard) Swinburne arguye que podemos explicar estados de cosas solo en términos de otros estados de cosas. Las leyes, por sí mismas, no pueden explicar tales estados de cosas. 'Necesitamos tanto estados de cosas como leyes para explicar las cosas', escribe. 'Y si no tenemos estados de cosas ni leyes para el comienzo del universo, porque no hay estados de cosas previos, entonces no podemos explicar el origen del universo'. Si pudiera haber alguna ley que explicara el comienzo del universo, tendría que decir algo así como 'el espacio vacío da lugar necesariamente a la materia-energía'. Aquí, 'el espacio vacío' no es la nada, sino más bien un 'ente identificable', un algo que ya está ahí. Esta confianza en las leyes para hacer surgir el universo del 'espacio vacío' plantea también la cuestión de por qué la materia-energía fue producida en el tiempo T0, y no en algún otro momento.

El filósofo de la ciencia John Leslie ha mostrado que ninguno de los modelos cosmológicos que están de moda hoy día excluye la posibilidad de un Creador. Cierto número de cosmólogos han especulado con la idea de que el universo surgió de 'la nada'. Edward Tryon, en 1973, había teorizado que el universo era una fluctuación en el vacío de un espacio mayor. (¿Qué era o es ese 'espacio mayor'? ¿De dónde surgió? ¿Cómo surgió y por qué? ¿Por qué ese espacio mayor tiene la capacidad de producir 'fluctuaciones' capaces a su vez de dar origen a un universo con leyes físicas inmutables?... Hagan sus apuestas, señores :-)). Arguyó que la energía total del universo era cero porque la energía gravitacional del universo es mostrada como una cantidad negativa en las ecuaciones de los físicos. Usando otro enfoque, Jim Hartle, Stephen Hawking y Alex Vilenkin han conjeturado que el universo 'fluctuó cuánticamente' a la existencia 'desde la nada'. Esta 'nada' es en ciertos casos una espuma caótica de espacio-tiempo con una densidad energética fantásticamente alta. Otra sugerencia (de Hawking) es que 'el tiempo se hace cada vez más espacial a medida que retrocedemos hacia el Big Bang'. (Aquí y aquí explicamos por qué es un error confundir el "vacío cuántico" con "la nada").

Leslie no piensa que tales especulaciones sean relevantes porque, en su opinión:


De cualquier forma que describamos el universo -como habiendo existido desde siempre, o  habiéndose originado a partir de un punto fuera del espacio-tiempo, en o en el espacio, pero no en el tiempo, o iniciándose de una forma tan cuánticamente borrosa que no sería posible determinar ningún punto definido en el que comenzara, o poseyendo una energía total igual a cero- la gente que encuentra un problema en la misma Existencia de Algo en Lugar de Nada (la pregunta de Leibniz) se sentirá poco inclinada a estimar que el problema ha sido solucionado.


Si tuviéramos una ecuación capaz de determinar la probabilidad de que emerja algo del vacío, aún habría que preguntar por qué existe esa ecuación. El mismo Hawking, de hecho, había indicado la necesidad de un factor creador que insufle fuego en las ecuaciones.

En una entrevista realizada poco tiempo después de la publicación de Una historia del tiempoHawking reconoció que su modelo no afectaba para nada a la existencia de Dios. Al decir que las leyes de la física determinaban cómo comenzó el universo, sólo estamos diciendo que Dios no escogió 'poner en marcha el universo de una forma arbitraria que nosotros no podríamos entender. Esto no implica decir que Dios no exista, sino solo que no es arbitrario'.

(Sabemos, no obstante y en honor a la verdad, que en los últimos tiempos, las opiniones de Hawking respecto a la existencia de Dios se han radicalizado, llegando a afirmar tajantemente en alguna entrevista que él es "ateo" y que "no hay ningún dios", sin dejar el más mínimo resquicio para la duda, aunque no ha explicado qué razones le han llevado a este cambio de parecer. ¿La presión del espíritu de los tiempos, quizás? :-) Me temo que en este asunto, sólo podemos especular. También podemos actuar de mala fe, subirnos al carro de la cultura de la sospecha y sembrar dudas en el respetable, afilando la trillada estrategia del argumento ad hominem tal como hacen muchos llamados escépticos que, a falta de mejores argumentos con que refutar sus postulados, elucubran sibilinamente sobre las razones "personales" que tal o cual renombrado científico podría tener para creer en Dios, cuando lo "normal" (?) -aseguran- sería que tal renombrado científico fuera ateo, "como todos" (??). Usando la misma estrategia en sentido contrario y refiriéndonos al profesor Hawking y a su particular biografía, habría mucha tela que cortar... Pero ya hemos quedado en que esto sería actuar de mala fe).




Un viejo intento de explicar el universo por referencia a una serie infinita de causas ha sido reformulado en el lenguaje de la cosmología moderna. Pero el resultado es insatisfactorio, en opinión de John Leslie. Algunas personas, indica Leslie, piensan que la existencia del universo en un momento dado puede ser explicada por el hecho de que existía en un momento previo, y así sucesivamente ad infinitum. También hay físicos que creen que el universo existió durante un tiempo infinito, bien por medio de una serie infinita de explosiones y contracciones, o como una parte de una realidad en expansión eterna que produce nuevos universos mediante sucesivos Big Bangs. Y otros dicen que el universo existió desde un pasado finito, si lo contemplamos desde cierta perspectiva, pero durante un tiempo infinito, si lo medimos de otra forma.

Como respuesta a estos enfoques, Leslie afirma que 'la existencia de una serie infinita de acontecimientos pasados no puede resultar autoexplicada mediante la explicación de cada acontecimiento por un acontecimiento anterior'. Si hay una serie infinita de libros sobre geometría que deben su contenido al hecho de haber sido copiados de libros anteriores, todavía no tenemos una respuesta adecuada acerca de por qué el libro es como es (por ejemplo, de geometría) o por qué hay un libro... La serie completa necesita una explicación. 'Pensemos en una máquina del tiempo' -escribe Leslie- 'que viaja al pasado, de una forma que no hace falta que nadie la haya diseñado y fabricado nunca. Su existencia forma un bucle temporal autoexplicado. Pero, incluso si tuviera sentido viajar en el tiempo, esto seguiría siendo un sinsentido'.

Richard Swinburne sintetiza su exposición del argumento cosmológico diciendo: 'Es bastante probable que, si hay un Dios, otorgue sentido a un universo como el nuestro, complejo y finito. Es muy improbable que un universo exista sin causa alguna, pero es bastante más probable que Dios  exista sin causa alguna. (Entendiendo a "Dios" como la entidad inteligente con la cualidad de infinitud que le atribuyen todas las filosofías, una cualidad que le fue atribuida milenios antes de que nadie supiera que esa cualidad sería útil para defender su existencia en futuros debates :-)). Por tanto, el argumento que se remonta desde la existencia del universo a la existencia de Dios es un buen argumento C-inductivo'. 

En una reciente conversación con Swinburne, observé que su versión del argumento cosmológico parece ser correcta en un sentido fundamental. Algunos de sus aspectos podrían tener que ser mejorados, pero el universo es algo que requiere explicación. El argumento cosmológico de Richard Swinburne proporciona una explicación muy prometedora, probablemente, la explicación finalmente correcta".


Incisos en gris añadidos

Antony Flew
Filósofo y escritor inglés
Profesor en Oxford y otras muchas universidades
Perteneció a la escuela del pensamiento evidencialista

Extractos de "Dios existe"
Editorial Trotta, 2012, ISBN: 978-84-9879-368-0, clic en el enlace para más información.



velas


"Una persona fuerte no es aquella que derriba a su adversario. Una persona fuerte es la que sabe contenerse cuando está encolerizada"


Abu l-Qāsim Muḥammad ibn ʿAbd Allāh al-Hāšimī al-Qurayšī (Mahoma)
Fundador del Islam
Siglo VII



Desde "Dios y la Ciencia" nos unimos a la repulsa general por los terribles sucesos acaecidos en Francia y abogamos, una vez más, por la fraternidad entre todos los grupos humanos, por el respeto a la diversidad y la tolerancia.


El orden en la naturaleza no es "ilusorio". La proporción áurea

vitruvio

Aunque ya hablamos brevemente en esta otra entrada sobre la posibilidad o no de que el orden del universo y la naturaleza sean sólo "aparentes", ampliamos el tema hoy por ser éste un argumento recurrente en el debate Ciencia-Fe. 

Es curioso que, cada vez que los creyentes invocamos ese orden, claramente observable en todo cuanto nos rodea y en nosotros mismos, como una posible prueba de una inteligencia primordial, los ateos insisten en que ese orden en realidad "no existe", que "sólo nos parece que existe" porque "deseamos verlo así" (??). Y es curioso, sobre todo, porque, al postular que ese "orden aparente" es sólo caos mal interpretado, deben aceptar también que sus cerebros, esos mismos que les están indicando que el orden es sólo aparente, están gobernados también por el caos, pues esto es lo único que el azar puede producir. Aquí se da una curiosa paradoja, una contradicción que no todos los ateos consiguen captar cuando intentamos explicársela: para sostener con tanta rotundidad que el mundo natural es un producto caótico del azar ciego, deben sostener también, como una derivación lógica, que esta conclusión suya tiene muchas posibilidades de ser errónea, puesto que esta conclusión es un producto de sus cerebros, a su vez productos arbitrarios del azar. En otras palabras, cuando los ateos atribuyen esa infalibilidad a sus procesos mentales están, en realidad, alimentando una fe irracional (tan irracional o más que la que reprochan a los teístas :-)) en que sus cerebros están excluidos de la arbitrariedad general del mundo.

John F. Haught explica mejor que yo esta paradoja en los siguientes párrafos:


(Sam) Harris (neurocientífico y escritor americano ateo, autor de "El fin de la fe") pone una enorme confianza en su propio poder de razonamiento... Hace un tácito acto de fe en su propia inteligencia crítica. Pero nunca nos ofrece una buena razón de por qué deberíamos confiar en que su mente le conducirá -y nos conducirá- a la verdad. En otras palabras, Harris jamás justifica su desmesurada arrogancia cognitiva. Sencillamente cree a ciegas en la superior capacidad de su mente para encontrar la verdad con una facilidad y una certeza inalcanzables para las personas mal orientadas por la fe religiosa. Si quiere ser para nosotros un guía fiable, ha de confiar en que su mente es capaz de ponernos en contacto con el mundo real. Pero, ¿por qué habría de confiar en su mente, dada sobre todo la visión del mundo natural a partir del cual, según se afirma, ha evolucionado la mente humana, la de Harris igual que la de cada uno de nosotros?.. Si la evolución es el (único) factor causal último involucrado en la formación de la mente humana, lo normal sería que desconfiáramos de nuestra actividad cognitiva. Puesto que es entendida como un proceso desprovisto de sentido y propósito, ¿por qué confía el naturalista científico en que la evolución sea eficiente en algo distinto de las adaptaciones? Para justificar nuestra confianza cognitiva es necesario que, aparte de la evolución, algo más opere en el gradual surgimiento de la mente en el curso de la historia natural. Pues, si nuestras mentes no son más que el resultado accidental de un proceso evolutivo sin sentido ni propósito, ¿por qué deberíamos confiar en ellas?

Ninguna interpretación puramente naturalista ofrece razones suficientes para confiar en nuestras mentes.

Una explicación darwinista de las facultades críticas de la mente no es suficiente para fundamentar la confianza que depositamos en nuestros poderes cognitivos. El propio Darwin estaría de acuerdo con esta observación"



Así es, Charles Darwin lo expresaba así en una carta dirigida a W. Graham, fechada el 3 de julio de 1881:

"De continuo surge en mí la horrenda duda de si las convicciones de la mente humana, que se ha desarrollado a partir de la mente de animales inferiores, tienen algún valor, si son verdaderamente dignas de confianza. ¿Confiaría alguien en las convicciones de la mente de un mono, suponiendo que una mente así pueda albergar algún tipo de convicción?"


Evidentemente, Darwin sí había captado la paradoja :-)


El único modo posible de apuntalar esta tesis de que el orden natural es "ilusorio" es sostener que el mundo, la naturaleza, el universo todo, podría haber sido distinto, que antes del comienzo había un sin fin de posibilidades y que nuestro "error", el error de los teístas, es contemplar el mundo desde la perspectiva equivocada (la perspectiva acertada es la del ateo, claro :-)) Observamos el mundo, dicen, desde del "diseño acabado", por eso nos parece "ordenado". No entendemos, continúan los escépticos, que ese diseño no es tal porque la evolución, tanto cosmológica como biológica, podría haber transcurrido siguiendo cualquier otro cauce que el que tomó. Unos cauces -siempre, por supuesto, erráticos y arbitrarios- "podrían" haber llevado a un buen fin y otros no. Eso, nos conceden nuestros ateos, nunca lo sabremos, pero sí sabemos que tuvimos una gran suerte ya que el cauce elegido caprichosamente por la evolución funcionó y dio origen a la vida organizada y, en última instancia, a la aparición del ser humano y su prodigioso cerebro.

Suertudos que somos :-)

El problema cuando se postula un "podría haber sido", es que apelamos a un escenario virtual no verificable que, además, excluye el escenario real desde el cual hacemos esa apelación. El "podría haber sido" es un comodín útil para salir del paso si tu oponente en el debate te empieza a acorralar, pero carente de un valor argumental real, pues sostiene como una opción válida lo que es sólo una afirmación indemostrable. Se trata, pues, de una falacia, de la misma categoría que esas de las que suelen acusar los ateos a los creyentes. El "podría haber sido" es un condicional, estamos elucubrando desde el momento presente sobre un pasado que no llegó a ser precisamente porque, si ese pasado hubiera sido, no habría sido nuestro presente. Por eso, detrás de las palabras "podría haber sido" puedes añadir lo que gustes, tenga o no sentido, sea o no una estulticia, y no habrá manera de refutarlo. Un chiste muy viejo cuenta cómo un anciano le confiesa a un amigo: "Yo podría haberme casado con Sofía Loren", el otro contesta escéptico, "sí, claro", "te lo digo en serio", insiste el primero, "estuve a punto: yo le pedí que se casara conmigo y ella me dijo que no" :-). 

Yo "podría haber sido" gobernadora de Atlanta :-), pues sí, claro que sí, "podría", y "podría" haber nacido en Katmandú y la vida "podría" estar basada en el bismuto en lugar del carbono. ¿Quién puede demostrar lo contrario? Pero me temo que, si alguien esgrime el argumento de la no falsabilidad para anular la hipótesis Dios, no sería muy honesto por su parte esconder ese mismo argumento en el fondo del cajón cuando se trata de aplicarlo a la falsabilidad de su propia hipótesis.

La naturaleza es como es actualmente y es de aquí de donde debemos partir, al menos, eso es lo que nos aconsejan los mismos ateos :-) que prestemos atención sólo a lo verificable. Pues lo verificable es que, actualmente, el mundo natural es una gigantesca, variadísima y asombrosa maquinaria perfectamente eficaz. Lo verificable es que en el cosmos existe un orden visible. Un orden real, objetivo, medible, no ilusorio o aparente. Si no existiera este orden, como afirma el físico Paul Davies en el primer enlace que ofrecemos en esta entrada, "la Ciencia quedaría reducida a una farsa sin contenido", puesto que toda ella basa su formidable andamiaje en la robusta realidad de ese orden. Si no hubiera orden en la naturaleza, las matemáticas, concebidas para describirlo, serían imposibles y, sin matemáticas, no habría Ciencia.

Azar es sinónimo de caos y el caos, por definición, no sigue normas o rígidas pautas, propias o ajenas, no elabora patrones ni dicta leyes inamovibles. Ni en uno ni en un millón de años. El ateo, leal como nadie a su compromiso con el materialismo, puede declarar si lo desea que el azar es el único autor de todo lo que vemos, pero afirmando esto, se verá abocado a admitir que ese azar, en el que confía tan ciegamente, y al que cree capaz de realizar -como escribió el biólogo Javier Sampedro- "escalofriantes contorsiones", no es el azar cotidiano que experimenta a diario y al que, como mucho, nuestro ateo sólo confiaría su deseo de que le toque la lotería :-). El azar en el que cree el ateo, no es el azar que opera en la naturaleza. El azar que opera en la naturaleza no es estéril ni errático, es un "azar" anómalo, excepcional, que escribe sus designios sobre papel pautado y los ejecuta en la naturaleza con una precisión matemática. En tres palabras: no es azar.


"La enorme utilidad de las matemáticas en las ciencias naturales es algo que roza lo misterioso, y no hay explicación para ello. No es en absoluto natural que existan 'leyes de la naturaleza', y mucho menos que el hombre sea capaz de descubrirlas. El milagro de lo apropiado que resulta el lenguaje de las matemáticas para la formulación de las leyes de la física es un regalo maravilloso que no comprendemos ni nos merecemos".

Eugene Paul Wigner  
Físico y matemático húngaro
Premio Nobel de Física en 1963



En este caso, los creyentes tenemos todo el derecho a preguntar "qué" o "quién" ha pautado el papel.


Recordamos, una vez más, que el materialismo es una corriente filosófica que surgió antes del s. XIX, a rebufo del espíritu de los tiempos y cuando la Ciencia todavía no sabía qué era esa misteriosa "materia" a la que estaba concediendo un poder cuasi omnímodo (aún hoy no lo sabemos con seguridad). Una doctrina surgida, en buena parte, como oposición a la concepción religiosa del mundo y no como resultado de los descubrimientos científicos. Pero fue una maniobra poco eficaz, porque nos sacaba de un dogma para meternos en otro. Por supuesto, si apelamos a la materia como única realidad posible, no queda otra opción que atribuir al azar todo lo que no sabemos cómo ocurrió. "No es que sea así, es que tiene que ser así, porque fuera del materialismo no encontramos ninguna otra explicación válida" declaraba ingenuamente un divulgador en cierto debate televisivo sin vislumbrar el alcance de su afirmación. Y así ha ocurrido desde entonces, "en el principio fue el fisicalismo" y cada nuevo descubrimiento científico fue "embutido" a empujones en su molde y lo que no encajaba, simplemente fue ignorado o tachado de "fraude", lo fuera o no. Hasta el día de hoy.

Los ateos acusan a algunos grupos religiosos (en muchas ocasiones con razón) de "retorcer" los descubrimientos de la Ciencia para que encajen en sus libros sagrados... Esta táctica, deshonesta venga de donde venga, no difiere demasiado de lo que hacen los fisicalistas: retorcer esos mismos hechos para que encajen en su estrecha concepción materialista del universo. Como consecuencia de una de esas fantásticas piruetas de acomodación, nació en el siglo XIX una nueva versión del azar: el habilidoso, concienzudo, inteligentísimo y, esta vez sí, "ilusorio",  azar de los huecos :-)


***


A continuación les invito a leer unos párrafos de un artículo aparecido en la revista National Geographic Historia, nº 129, firmado por el matemático y periodista científico Enrique Gracián. El artículo está dedicado a la proporción de Fibonacci, y el "mágico" número áureo que se repite una y otra vez, casi obsesivamente, tanto en la Tierra como en el resto del universo. Una de las muchas pruebas de que la naturaleza, lejos de ser una amalgama informe y sin sentido (lo que esperaríamos de la actuación errática del azar), sigue unas rígidas normas matemáticamente estructuradas. Es un artículo excelente, no se lo pierdan:



"Se suele simbolizar con la letra griega Φ (phi) y su valor aproximado es 1,6180. Lo encontramos definido por primera vez en el libro VI de los Elementos del matemático y geómetra griego Euclides; allí aparece descrito como una relación entre longitudes, lo que sugiere que está asociado con la idea de proporción. La figura geométrica más sencilla que se puede construir manteniendo esta proporción es un rectángulo. Para ello basta con que el lado más pequeño mida 1, y el más largo, 1,6180. Esta sencilla figura es un rectángulo áureo, adjetivo que introdujo en la década de 1830 el matemático alemán Martin Ohm. ¿Qué tiene de especial? Que está en todas partes.




golden ratio

regla aurea y dios







En los cánones estéticos de la antigua Grecia representaba las proporciones perfectas y se utilizaba en la mayoría de las construcciones arquitectónicas: fue patrón de belleza para los artistas del Renacimiento, aparece en la mayoría de las catedrales góticas y en el edificio de la ONU de Nueva York (...) (El arte imitando a la naturaleza :-)) La proporción áurea está presente en la arquitectura del ADN, 





el crecimiento de multitud de organismos o la distribución de los planetas del sistema solar.



proporcion aurea y dios


(Y, por supuesto, en el cuerpo humano :-))





la proporcion divina


proporcion divina en la naturaleza



En el cuerpo humano la proporción áurea se presenta de diferentes maneras:

- La relación entre la altura de un ser humano y la altura a la que se encuentra su ombligo.
- La relación entre la distancia del hombro a los dedos y la distancia del codo a los dedos.
- La relación entre la altura de la cadera y la altura de la rodilla.
- La relación entre las divisiones vertebrales.
- La relación entre las articulaciones de las manos y los pies... Entre otras.



Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci, fue uno de los matemáticos más destacados de la Edad Media. En su obra más relevante, El libro del ábaco, de 1202, expone un problema sobre la reproducción de conejos cuya solución le da pie a representar una sucesión infinita de números naturales (pueden consultar una explicación detallada de este problema de Fibonacci en el enlace anterior). La posibilidad de ir añadiendo elementos mediante una suma, pero sin alterar la forma, da lugar a una pauta de crecimiento que podemos observar en estructras de la naturaleza tan diversas como el desarrollo espiral de una galaxia,


regla aurea en la naturaleza


las huellas dactilares,


regla aurea en el cuerpo humano


o la distribución de los pétalos de las flores.




(Y no sólo en los pétalos :-))


regla aurea proporciones en la naturaleza



(Col lombarda seccionada)


 

En la Italia renacentista, el número de oro fue retomado por Luca Pacioli (matemático y sacerdote franciscano, por cierto) quién llevó a cabo un exhaustivo estudio del mismo en una de sus obras más influyentes: De la divina proporción. Ilustrada con dibujos de Leonardo da Vinci, en ella explicaba las relaciones existentes entre el número áureo y la sucesión de Fibonacci: cualquier término de ésta se obtiene multiplicando el anterior por el número áureo...

Las espirales son líneas curvas que se generan a partir de un punto y se alejan del centro a la vez que giran a su alrededor. Esta curva ha fascinado desde antiguo a artistas y científicos; es un símbolo ornamental y religioso presente en muchas culturas, y una de las formas más frecuentes en el mundo natural. Entre los genios que aunaron las cualidades del artista y conocedor de las leyes de la geometría destaca el pintor Alberto Durero, quien en uno de sus libros sobre medición explica cómo dibujar una espiral a partir del rectángulo áureo. Si construimos un cuadrado en la izquierda de dicho rectángulo, a la derecha nos quedará un rectángulo más pequeño. Y resulta que este nuevo rectángulo también guarda las proporciones áureas. Este proceso se puede repetir hasta el infinito, con lo cual obtendremos una sucesión de rectángulos áureos y cuadrados cada vez más pequeños.


las proporciones


(Utilizando un compás, a partir de este "rectángulo áureo" se puede dibujar una espiral llamada "espiral de Durero").


proporcion aurea en el universo

En términos matemáticos no es una auténtica espiral, pero es una buena aproximación a la espiral logarítmica que el matemático suizo Jakob Bernoulli bautizó como Spira mirabilis, 'la espiral maravillosa'. El número áureo forma parte intrínseca tanto de la serie de Fibonacci como de la espiral logarítmica, dos conceptos matemáticos que se combinan en la formación de elementos tan dispares como plantas,



la proporcion divina espiral

razon aurea en el mundo natural


proporcion aurea en la naturaleza3

proporcion aurea en la naturaleza dios y la ciencia


huracanes,


proporcion aurea numero divino


o galaxias.


numero de dios


(La relación entre las nervaduras de las hojas de los árboles, la relación entre el grosor de las ramas principales y el tronco y la relación entre las ramas principales y las secundarias también obedecen a la proporción áurea).





Así pues, el número Φ ... gobierna el desarrollo de distintos seres vivos. La distribución de las escamas en una piña tropical,


numero aureo en la naturaleza


 el desarrollo de la concha de los caracoles,


numero de dios en la naturaleza


o la forma en que se agrupan las semillas de las plantas son algunos ejemplos de la presencia del número áureo en la naturaleza, lo que lleva a pensar que obedece a algún tipo de funcionalidad que aún desconocemos".


regla aurea de dios


(Cola del camaleón)


proporcion dorada golden ratio


golden ratio




 Anotaciones en gris añadidas.


El número áureo y la proporción de Fibonacci aparecen, como venimos diciendo, en la descripción de las órbitas planetarias, pero están también involucrados en las distancias entre los planetas y sus períodos, en la reflexión de la luz en el cristal, en las células del sistema nervioso... y mucho más. Es decir, abarca un terreno demasiado amplio para adjudicarlo exclusivamente a las instrucciones encriptadas en el ADN. Aunque así fuera, aunque la proporción áurea resultara ser sólo la resolución física de una de las innumerables instrucciones inscritas en el libro de de la vida, aún quedaría mucho campo para abonar con preguntas. Pero no es así.

Resumiendo, amigo ateo, usted puede -adornando al azar con todas las ingeniosas capacidades que necesite para que el argumento le funcione- creer que el orden de la naturaleza surgió y se desarrolló por sí solo, sin ninguna ayuda extra. De acuerdo, pero no puede negar que ese orden existe. 

 Puede hacerlo, claro, nadie se lo impide, pero sería como negar que existen las estrellas, los océanos, el Cañón del Colorado y el cordero a la riojana.

 ;-)



***


“El matemático juega a un juego en el que él mismo inventa las reglas, mientras que el físico juega a un juego en el que las reglas son proporcionadas por la naturaleza; pero a medida que pasa el tiempo se hace cada vez más evidente que las reglas que el matemático encuentra interesantes son las mismas que las que ha escogido la naturaleza”.


Paul Adrien Maurice Dirac
Físico teórico inglés
Premio Nobel de Física en 1933 


***


“Entre los seres vivos resulta patente el orden, obra de un Poder superior al que yo llamo Dios. Es en este punto donde coinciden la fe y la verdad científica. La primera de ningún modo contradice a la segunda, sino que la completa al aportar una comprensión más sencilla del universo"

Jean Dorst
Biólogo, ornitólogo, paleontólogo francés
Formado en la Universidad de París
Miembro de la Academia de las Ciencias 


*** 


"El mundo es racional... El orden del mundo refleja el orden de la mente suprema que lo gobierna"

Kurt Gödel
Lógico, matemático y filósofo austriaco
Doctor por la Universidad de Viena
Considerado uno de los más importantes lógicos de todos los tiempos
Célebre por sus dos Teoremas de la Incompletitud



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